Tres cosas que no conviene perder de vista al hacer una presentación con IA

Durante años el problema de las presentaciones fue siempre el mismo: eran feas y eran aburridas. Diapositivas cargadas de texto, plantillas de hace una década, gráficos imposibles de leer. Todos sabíamos qué estaba mal, aunque casi nadie supiera arreglarlo.

Algunos salían adelante igual, con pura técnica: los buenos expositores nunca necesitaron un PowerPoint para impactar. Otros, sin técnica y con una lámina inservible, no tenían de dónde agarrarse — y eso era doloroso para la audiencia. Así que la solución que buscamos durante años fue siempre la misma: volvernos expertos en hacer buenos PowerPoint.

Vale la pena detenerse ahí un segundo, porque de esa confusión viene casi todo lo demás. Una presentación no es un PowerPoint. El PowerPoint es una herramienta del expositor, igual que su estrategia, su lenguaje corporal, su voz y su técnica.

Ese problema se resolvió, PERO…

Hoy somos capaces de generar una presentación impecable en pocos minutos con un prompt. Tipografía correcta, jerarquía visual, íconos, el texto redactado. Lo que antes tomaba una tarde entera ahora toma lo que dura un café.

Y sin embargo hay algo que no cuadra. Hay más láminas que nunca, más largas y más bonitas — pero la sensación de que el mensaje no llega aparece más seguido que antes.

Ahí está el punto: el problema dejó de ser que la presentación fuera aburrida. El problema hoy es que es preciosa, cuidada, pero está vacía.

—¿Y qué es una presentación vacía? Es la que tiene todo bien hecho menos lo esencial. No se sabe qué quería lograr. Le podría servir a cualquiera, porque no fue pensada para nadie en particular. Las ideas están todas en las diapositivas, pero en cualquier orden. No hay nada que alguien haya decidido dejar fuera. Y al terminar, nadie sabe qué hacer distinto: Una presentación vacía es la que termina sin que nada tenga que pasar después.

Recomendaciones para tu proceso creativo

Hay una frase que vengo repitiendo en clases y en reuniones: para mí, que algo haya sido «hecho con inteligencia artificial» es una información que describe un proceso, no la calidad.

Saber que un texto lo escribió una IA dice cómo se produjo. No dice si es bueno, si es cierto, si le sirve a quien lo va a leer, ni si valía la pena escribirlo.

—Es como decir que una casa se construyó con maquinaria de última generación. Excelente. ¿Y es una buena casa? ¿Alguien la quiere habitar?

Lo que cambió con la IA no es la calidad de lo que producimos: es el costo de producirlo. Y ahí aparece la trampa. Cuando armar una lámina costaba trabajo, uno se preguntaba dos veces si esa lámina hacía falta. Ahora que sale gratis, ya no hace falta preguntarse nada — y así, sin darnos cuenta, vamos apagando el pensamiento crítico durante el proceso creativo.

El valor no sale de un prompt

Un prompt entrega un producto. No entrega valor.

El valor aparece antes, en un conjunto de decisiones que ninguna herramienta hace por uno:

  • Cuál es el objetivo de mi comunicación, es decir, qué busco yo: informar, persuadir, movilizar.
  • Cuál es el logro, que es algo distinto: qué va a poder hacer mi audiencia cuando termine de escucharme.
  • A quién se lo estoy diciendo, qué sabe y qué le preocupa esa persona. E
  • n qué orden necesita recibir las ideas para poder seguirlas.
  • Y la más difícil de todas: qué dejo fuera.

Por eso digo que hoy una presentación no se prepara: se produce.

Eso es criterio, estrategia comunicativa y técnica narrativa.

Se aprende, se practica y se puede enseñar. Pero no se delega.

Entonces, las tres cosas PARA NO CAER EN LA TRAMPA

  1. El objetivo y el logro van antes que la herramienta. Primero qué quiero lograr, después cómo lo voy a contar, y recién al final con qué lo voy a producir. Cuando ese orden se invierte —y se invierte muchísimo— uno termina con un entregable hermoso que no apuntaba a nada.
  2. Lo escaso ya no es producir, es decidir. Información sobra y producción sobra. Lo que sigue siendo raro es alguien capaz de decidir qué merece decirse y qué no.
  3. La comunicación se verifica en el otro. Una presentación es algo que uno termina; la comunicación la termina quien escucha. Si al final nadie entendió algo nuevo, nadie decidió nada y nadie hizo nada distinto, no hubo comunicación: hubo material.

Nada de esto es teórico. Es lo que vengo trabajando últimamente con equipos comerciales que están aprendiendo a formar a otros dentro de su propia organización, y la conversación siempre termina en el mismo lugar: objetivo, logro, estrategia de comunicación.

«Gustavo Ortega explicando en una pizarra durante el taller Train the Trainers en ESAN – Setiembre 2026».

Las herramientas van a seguir mejorando y van a seguir abaratándose.

Lo que no se abarata es decidir qué vale la pena decir.

Si hoy hay algo que aprender, no es a producir más rápido — eso ya está resuelto. Es a decidir mejor. Y eso también es una técnica «Storytelling para presentaciones de alto impacto»: se aprende, se practica y se puede enseñar.

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